El mejor regalo

El mejor regalo
No dejes nunca de sonreir por favor

jueves, 24 de febrero de 2011

Una velada perfecta

Nada podía salirnos mal. Ambos desbordábamos ilusión porque fuera una noche perfecta y lo conseguimos. Ambos necesitábamos demostrarnos a nosotros mismos que esa incuestionable química que percibimos en los primeros cafés compartidos no podía estar equivocada. Y vaya que si lo conseguimos. Desde el primer momento en que nos encontramos fuimos dándonos cuenta de que los puntos en común y el cosquilleo de nuestras miradas brotaban con facilidad. La noche comenzó con un largo paseo en coche al que también le sacamos partido gracias a que me hiciste ver que conducir en la oscuridad tiene su encanto y su misterio. Incluso que puede llegar a parecerse a un vuelo transoceánico nocturno sin farolas.

Por fin llegamos al lugar de la cena. Un lugar especial y diferente alejado del mundanal ruido. Había pocas mesas ocupadas, aunque realmente era lo de menos, porque para nosotros sólo tenía importancia estar pendiente el uno del otro y el resto (incluso los camareros) más bien parecía un bonito decorado a nuestro alrededor. La conversación fue muy agradable y sincera. Me aclaraste todas las pequeñas dudas acerca de la casualidad de nuestro reencuentro. Me demostraste un gran valor y honestidad al revelarme esos pequeños secretos que yo jamás hubiera adivinado. Todavía te sigo estando muy agradecido por ello. Compartimos risas, miradas cómplices y algunas confidencias mientras escuchábamos una lista de éxitos italianos de nuestra época adolescente, que el dueño del local tuvo el detalle de ponernos en el transcurso de la cena. Pero lo mejor de todo es que poco a poco me iba reafirmando en que mi intuición una vez más funcionó. Mi intuición, es una excelente arma que nunca me ha fallado y que me dijo cuando te vi por primera vez que tenías luz en la mirada y calor en la sonrisa. La misma intuición, cuando me llamaste pidiendo consejo financiero, quiso registrarte con el sobrenombre de “bombón” en mi agenda de teléfono. Y ella seguramente fue quién me animó a proponerte una invitación para tomar un café (aunque no te lo creas, casi nunca me atrevo a hacer una cosa así). Tu reacción me indicó que no podía equivocarme y gracias al cielo no me equivoqué. Pero volviendo a nuestra velada, una vez terminada la cena fuimos sintiéndonos cada vez más cómodos hasta el punto de que nuestras manos comenzaron a dedicarse pequeñas y tímidas caricias que presagiaban un fin de fiesta muy especial. Cada vez eran mayores las coincidencias, hasta el punto de que tanto en cine como en música compartíamos más de lo que nos imaginábamos.

Salimos sin prisas (como durante toda la noche) del local, aún sabiendo que estaban a punto de cambiar la música en el preciso instante en que saliéramos por la puerta. Después de un breve paseo en coche aterrizamos en un edificio hiperpijo, donde existe un local con música en directo que nos atrapó desde el mismo instante en el que cruzamos la puerta. Al ritmo de unas canciones que recordábamos muy bien, porque escribieron parte de nuestro pasado y siguen formando parte de nuestro presente, notábamos como la química de nuestros cuerpos crecía hasta el punto de que notábamos que estaba a punto de desbordarse. Y fue cuando te pregunté si deseabas que parese el mundo. Tu respondiste que si y entonces sucedió lo inevitable. Nuestros labios se tocaron en un primer beso en el que desee, sin éxito, parar el mundo. A partir de ahí el imán de nuestros cuerpos nos mantuvo entrelazados, mientras escuchábamos las canciones (muy bien interpretadas) y mientras saboreábamos nuestras copas de Cacique. No queríamos marcharnos, ni que terminara la noche nunca. Nuestras bocas siguieron conociéndose y saboreando el deseo cada vez con mayor intensidad. De no ser porque nos “echaron” del local quizás todavía seguiríamos allí.

Pero regresamos al coche y volvimos a compartir otro paseo nocturno flotando en la oscuridad y con buena música de fondo. Llegamos al fin de la velada mucho antes de lo que nos hubiera gustado y éramos incapaces de poner el punto y final. Ambos queríamos prolongar la noche, pero también ambos sabíamos que no debíamos ir más allá porque sería poner en peligro muchas cosas, entre otras, la posibilidad de seguir escribiendo páginas juntos, con la misma pasión, a la historia que acabábamos de iniciar esta misma semana. De manera que tras despedirnos unas veinticinco veces, aproximadamente, saliste del coche sin mirar atrás (bien hecho) firme y decidida en que el sueño había terminado, pero feliz por haber tocado el cielo con la punta de los dedos durante varias horas (que a los dos se nos hicieron segundos). Regrese a casa feliz y recordando cada uno de los momentos vividos. Regrese feliz porque tuve el privilegio de hacerte feliz esa noche y tu me regalaste lo mismo a mi. Regrese feliz porque ambos habíamos puesto mucha ilusión en esa noche y no nos equivocamos. Regrese feliz porque no defraudé tu valentía al lanzarte al vacío conmigo y averiguar si tu intuición y la mía hablaban el mismo lenguaje. Por eso al despertarme al día siguiente, cuando me miré al espejo, me encontré con una sonrisa especial que no se despegaba de mi rostro y que me recordaba a la tuya. Por eso también, Bruce Springsteen me acompaño mientras desayunaba y me duchaba. Y espero también que ese sea el motivo de la sonrisa que ahora llevo puesta en mi corazón. Espero y deseo volver a vivir contigo muchas más veladas perfectas como ésta que te he resumido (soy consciente de que se me ha podido escapar más de un detalle). Sea como sea y ocurra lo que ocurra, nadie puede quitarnos ya la magia que esa noche tuvimos el privilegio de compartir, ni la felicidad que fuimos capaces de regalamos. Gracias bombón.