Santi era un niño triste porque no sabía sonreír.
Sin embargo tenía unos padres que le querían mucho, pero la verdad es que desde que nació nunca se vio en su cara una sonrisa. Era una lástima. Sus papás, como es lógico, estaban un poco preocupados;
- ¿Qué podemos hacer para que nuestro hijo sonría un poco?
Lo habían probado todo. Cada cumpleaños de Santi, que ya tenía 5 años, se organizaba una fiesta estupenda en su casa. Venían payasos con los que te podías tronchar de la risa, venían muchos amigos que le traían regalos, venían sus primos, sus tíos, sus abuelos y por supuesto siempre estaban sus papás. Se encargaban las tartas y pasteles más deliciosos de toda la ciudad. Pero Santi seguía sin sonreír y sus ojitos tenían la misma mirada triste de siempre. El año pasado los papás de Santi, en su último cumpleaños, organizaron un espectáculo de fuegos artificiales en el jardín de su casa que fue la envidia de todos los niños del barrio, pero Santi seguía sin sonreír.
Un día los papás de Santi le llevaron la médico y le explicaron el problema que tenían. Pero el doctor les dijo que a Santi no le pasaba nada y que por supuesto no tenía nada dentro de la boca que le impidiera sonreír - como creía la abuela de Santi – Aún así como los papás de Santi insistían mucho el médico les recetó unas pastillas que en realidad eran unos riquísimos caramelos con sabor a mermelada de higos.
Un buen día Santi se levantó para comenzar un nuevo curso en su colegio. Tenía mucho sueño pero ayudó a su mamá a vestirse y desayunar para no llegar tarde el primer día.
Cuando llegaron al colegio la profesora de Santi le recibió con un beso y le acompaño a sentarse a la mesa junto con sus amigos. El colé era muy divertido pero a Santi no se le vio nunca sonreír.
Un buen día estando Santi en el patio sentado jugando con su colección de canicas, se acercó una niña a la que nunca había visto que se llamaba Sandra y que también tenía 5 años. Sandra tenía un pelo largo de color castaño y unos ojos grandes de color negro preciosos. Pero lo que le hacía más especial a Sandra era su capacidad para sonreír muchas veces al cabo del día.
Cuando Sandra se sentó en frente de Santi, éste dejó de jugar y protegió con sus manos todas las canicas en un gesto muy propio de todos los niños de su edad. Poco después al ver que Sandra seguía allí delante de el sin moverse, el niño eligió una de sus canicas, precisamente la que más le gustaba, que era de colores azules y verdes y que brillaba muchísimo cuando le daba la luz del sol. Santi no lo dudó un momento miró a Sandra y le extendió su mano ofreciéndole la canica que acababa de elegir.
Entonces fue cuando en la cara de Sandra apareció la más bonita de las sonrisas que nunca jamás Santi había visto. Era una sonrisa enorme, cálida y muy sincera. Además cuando Sandra sonreía lo hacía no sólo con la boca, sino que en sus enormes ojos también se desprendía el calor de esa sonrisa. Se podía decir que cuando Sandra sonreía todo su alrededor se iluminaba. Y fue en ese preciso momento cuando sucedió el milagro que tanto deseaba Santi. La expresión de la cara de Sandra contagió a la de su amigo Santi y éste consiguió por fin sonreír.
Los dos niños se quedaron un rato en silencio hasta que Sandra dijo:
- ¡Santi estas sonriendo!
Y entonces Santi se toco la cara y al comprobar que era cierto le entró un ataque de risa muy grande que llamó la atención de todos sus amigos y también de su profesora.
Cuando los papás de Santi fueron a recogerle al colé ese mismo día, Santi salió de su clase corriendo con una enorme sonrisa en su cara. Su mamá al verle se cayó de culo y el papá se quedo con la boca muy abierta, tanto que casi se le mete una mosca dentro. Cuando se recuperaron del susto los papás de Santi lo abrazaron muy fuerte y le preguntaron que había ocurrido de especial durante ese día para que hubiese aprendido a sonreír. Santi sin quitarse la sonrisa de la cara simplemente dijo:
- ¡¡¡ Sandra !!!
La profesora les explico a los padres de Santi que hoy había venido a clase una niña nueva que se llamaba Sandra y que ella le había enseñado a sonreír. A partir de ese día Santi y Sandra fueron muy buenos amigos casi nunca se separaban y siempre se les podía ver muy contentos cuando estaban juntos.
Pasaron los años y cuando los niños cumplieron ocho años, Sandra regresó con sus papás a la isla donde ella nació y ya no volvieron a encontrarse al curso siguiente. Fue cuando los papás de Santi tuvieron miedo de que su hijo, de repente, no volviera a sonreír nunca más después de que su amiga y maestra en el arte de la sonrisa se hubiera marchado para siempre.
Pero no fue así, porque Sandra le había enseñado a sonreír siempre que su corazón se lo pida. Ella sonrió cuando Santi le ofreció una canica sin pedir nada a cambio, pero Sandra le regaló la mejor de sus sonrisas que Santi guardó en su memoria para el resto de su vida. Y aunque echaba mucho de menos a su amiguita Sandra, cada vez que Santi quería sonreír sin tener un motivo especial para hacerlo, sólo tenía que cerrar los ojos muy fuertes e imaginarse el rostro de Sandra con una enorme sonrisa y entonces… el milagro volvía a suceder y Santi conseguía sonreír de nuevo.
Y de esta forma fue como Sandra, casi sin quererlo, le hizo un regalo muy especial a su amigo Santi que le duró el resto de su vida.
Pedro García Gallego