El mejor regalo

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No dejes nunca de sonreir por favor

domingo, 8 de agosto de 2010

El valor de los pequeños detalles

Es necesario equivocarse a menudo, yo por ejemplo confieso que lo hago entre cinco y ocho veces al día, para saber reconocer los aciertos cuando éstos aparecen. Partiendo de la base de que a nadie le gusta meter la pata, admitir los fallos con honestidad y no torturarse por ello cuando suceden, nos puede ayudar a entender mejor la vida o al menos a relativizar las tensiones que nos acechan sólo por el hecho de querer acertar siempre y de no defraudar a nadie. Pasamos demasiado tiempo preocupados con estar a la altura de lo que nuestro entorno espera de nosotros y dejamos en un segundo plano lo que nosotros queremos o esperamos de nosotros mismos. A veces sucede que la experiencia te va abriendo los ojos, para que no te olvides demasiado tarde de dedicarte todo el tiempo que te mereces y para que por fin consigas estar a la altura de lo que tu esperas de ti mismo. Será entonces en ese momento cuando quizás habrás alcanzado una meta importante, que es la de escucharte y probablemente ser capaz de responder a tus propias expectativas. A partir de ahí, después de alcanzar esa paz interior contigo mismo, curiosamente comienzas a observar a tu alrededor como tu entorno, ese que tanto te preocupaba, comienza a estar plenamente alineado contigo y aplaude tu “nuevo” estilo o forma de entender la vida. Y lo único que realmente ha sucedido es que por fin has encontrado tu sitio.

Nos olvidamos con demasiada frecuencia de darnos la importancia que nos merecemos. El miedo al rechazo o simplemente a no ser aceptado nos conduce en demasiadas ocasiones a querer agradar al prójimo sin mayor propósito que el de no vernos excluidos de la manada. Y lo hacemos aún sabiendo que el coste que nos puede ocasionar semejante actitud, es tan elevado que incluso puede implicar que no nos reconozcamos ante el espejo, llegando incluso al punto de que la imagen que contemplamos se parezca a la de un extraño.

El valor de los pequeños detalles suele pasar por alto sin darle su verdadera importancia, al igual que tampoco se valora en su justa medida la virtud de la discreción. Pero para no mezclar ambas cuestiones me ceñiré a esos pequeños detalles tan cercanos y cotidianos que no vemos quizás por su tremenda proximidad. Alguien me contó una vez una historia de una persona de unas firmes creencias religiosas, que tras un episodio traumático en su vida decidió autoexiliarse en el desierto y meditar. En el lugar donde se refugió, el ecosistema era muy duro y árido exceptuando la aparición de un junco firme y de color verde que rompía la monotonía del paisaje y que día tras día iba creciendo. Tras varias semanas de recogimiento el ermitaño gritó al cielo desesperado implorando una señal que le revelerá con certeza la existencia divina. Y lo hacía estando situado a escasos metros del junco que, mecido por el viento, no era otra cosa más que la respuesta a sus suplicas.
Está muy bien tener grandes aspiraciones y es muy loable pretender acabar con el hambre en el mundo o que de una vez por todas cesen todas las guerras del planeta, pero tal vez para poder conseguirlo sea necesario que pongamos nuestro granito de arena para que en el bloque de pisos en el que vivimos o en nuestro barrio, nadie se quede sin poder alimentarse y que las disputas se reduzcan tan sólo a las que sucedan en las películas que se proyectan por la televisión. Algo tan sencillo y mágico como es una franca sonrisa, que además posee un innegable efecto contagioso, puede trasformar un día gris en otro lleno de color. Creo que alimentándonos de estos pequeños detalles es más fácil ir descubriendo toda la gama de colores que hacen posible, por ejemplo, construir toda la grandeza del arco iris. Y que para que pueda alcanzar su máximo esplendor, semejante acontecimiento de la naturaleza, el arco iris ha tenido que nutrirse de muchos pequeños matices (en forma de color) que han hecho posible que sea admirado por mucha gente. Por todo esto, creo que nunca es tarde para aportar el matiz de tu inigualable color y sumarlo a otros muchos de idéntico tamaño (pequeño) para que, entre todos, podamos alcanzar un premio de mayor magnitud.

Enamorarse

Los amores platónicos tienen la particularidad de que nunca te defraudan y además siempre que los necesitas puedes recurrir a ellos, porque al igual que sucede con algunas farmacias, suelen estar disponibles las veinticuatro horas del día. No hay defectos, sólo virtudes y deseos cumplidos con ellos. Además el hecho de que son inalcanzables y que nunca cobran vida, lejos de convertirse en un inconveniente les hace ser muy especiales. Probablemente ahí radica su mayor virtud. Pero como casi todo en la vida conviene tomarse las dosis justas para no obsesionarse con ellos. Su cara más ingrata aparece cuando tu quieres salir a cenar, a dar una vuelta o simplemente a compartir algún momento de intimidad en tu propia casa con ellos. Entonces es cuando te das cuenta que esos seres etéreos que has creado no tiene ningún interés en cambiar su estado gaseoso por el sólido por mucho que tu te empeñes.

 
Cuando nos enamoramos de una persona, normalmente ella también colma todas nuestras expectativas. Proyectamos en esa persona todo aquello que idealizamos y que anhelamos encontrar en aquel con el que ansiamos compartir nuestro tiempo. Vemos al otro como realmente nos gustaría que fuese y construimos un ser imposible que se instala dentro del cuerpo de aquella persona en la que nos hemos fijado. Nuestro enamorado o enamorada tiene por tanto, una presión añadida que percibe rápidamente y que trata de satisfacer durante un periodo de tiempo limitado que es muy difícil de concretar. Y entonces sucede que, más pronto que tarde, aparece la esencia de la persona y con ella su verdadera personalidad. Y por fin ocurre que se rompe el corsé en el que se encontraba constreñido nuestro enamorado y consigue liberarse mostrando toda su verdad. Es imposible permanecer preso de una falsa identidad, sin volverse loco, sólo por agradar las expectativas de la persona con la que hemos decidido pasar el resto de nuestra vida. Y es entonces cuando, a veces se nos cae la venda de los ojos (otras muchas nos vamos a la tumba con ella puesta) y nos damos cuenta de que hemos estado construyendo y proyectando en un ser de carne y hueso, todo aquello que idealizamos en nuestros amores platónicos. Y puede pasar (y de hecho pasa) que a veces nos sentimos incomprendidos y decepcionados porque la teoría de las expectativas ha fracasado una vez más.

 
Pocas veces caemos en la cuenta de que nuestras propias carencias no las puede resolver la persona de la que nos hemos enamorado. Y que ella no es la culpable de que disfracemos la realidad a nuestro antojo. Cada uno de nosotros tenemos una forma de ser y de sentir que nos hace únicos. Por ello creo que todos deberíamos intentar hacer un esfuerzo por aceptar al otro sin pretender modelarlo artificialmente, antes de que podamos convertirlo en algo etéreo y gaseoso que pueda llegar a ser tan bello como mentiroso.

Excusas

Lo más interesante que tienen las excusas es que siempre existe alguna que puede adaptarse a ti en cualquier momento. No es necesario que tú debas hacer ningún esfuerzo extraordinario. De manera que cada vez que nos incomoda la conciencia algo que vemos o escuchamos y no nos atrevemos a enfrentarnos a ello de frente o simplemente cuando queremos llevar a cabo algo pero no nos atrevemos a decir los verdaderos motivos que nos mueven, siempre tenemos a nuestra disposición una extensa lista de excusas que están ansiosas por ser elegidas y utilizadas una vez más. A ellas, las excusas, no les importa el tema que se trate de eludir. Pueden ser tan dispares como rechazar una invitación a una boda, no dar limosna a un mendigo, abstenerse en unas elecciones, invadir y arrasar un país, opinar acerca de un tema escabroso, exculparse de un error cometido o rechazar una invitación familiar a la cena de fin de año por ejemplo. Pueden tratarse de temas banales (como algunos de los mencionados) o temas complejos. Da igual, las excusas no tienen límites y se atreven con todo. Ellas sólo están esperando que las invitemos a la fiesta para aparecer y salir triunfantes con su espectacular puesta en escena unas veces o con su ya manido repertorio en otras ocasiones (depende mucho del interlocutor que las utilice). Pero no conformes con escondernos detrás de las excusas, también tratamos de convencernos a nosotros mismos y a todo el que encontramos en nuestro camino que nuestro razonamiento, ese que nos ayuda a eludir o realizar algo muy concreto, avalado por una excusa fantástica, es la mejor de las opciones posibles. Por ello no es raro que se de la extraña circunstancia de que pasado un tiempo, esa opción que elegimos y que nos parecía la mejor de las alternativas posibles o quizás la única válida, ahora sea todo lo contrario. Y no es que nos hayamos vuelto locos, sino que nosotros evolucionamos (unos más que otros) al mismo tiempo que cambia nuestro entorno y las personas con las que nos relacionamos. Y todo eso conlleva necesariamente, que también tengamos que ir actualizando y renovando al mismo ritmo nuestro ranking de excusas favoritas.

Conozco algunos grandes abanderados de la coherencia y el sentido común que lejos de predicar con el ejemplo practican en sus actitudes todo lo contrario. Suelen ser grandes profesionales de echar balones fuera y ver la paja en el ojo ajeno. Suelen ser personas que saben perfectamente como deberías vivir tu propia vida (y no se cansarán nunca de repetírtelo) pero que son incapaces de tener la más mínima idea de que deben hacer con la suya. Suelen ser personas que a veces están enfermas de ego. Por eso un halago gratuito o merecido les hace un efecto muy dañino, porque trasforma su realidad creyéndose mucho mejores de lo que realmente son. Les deja flotando y totalmente fuera de juego. El ego lo tenemos todos en menor o mayor medida y no es nada fácil saberlo manejar, porque al igual que las excusas en cuanto tiene la mínima oportunidad de aparecer y adueñarse de nosotros lo hace sin pedir permiso. Convendría por ello, que para evitar semejante invasión aprendamos a conocernos mejor día tras día y a conocer donde están nuestros límites. Quizás pueda ayudarnos el saber que en este mundo estamos de paso y que todo lo que aparentemente tenemos a nuestra disposición es algo prestado y no nos pertenece. Por eso tenemos la obligación de saber disfrutarlo como mejor sepamos hacerlo. Pero también, al mismo tiempo, tenemos la obligación de cuidarlo y procurar dejarlo mejor o al menos en las mismas condiciones que lo encontramos, para que los que vienen detrás hagan lo propio. Creo que por raro que pueda sonar es muy probable que nadie posea nada (ni mucho menos a nadie) aunque el sentimiento de posesión lo tengamos muy arraigado desde la aparición del ser humano en este mundo. Y si hacemos un poco de memoria y tratamos de recordar la cantidad de conflictos de todo tipo que en la historia de la humanidad han sido generados por el exacerbado ego y el sentido de la posesión, quizás encontremos una explicación que nos lleve a pensar que tal vez, esa era la mejor excusa que estaba al alcance de unos pocos para justificarse, salirse con la suya y tratar de convencernos a todos los demás, de que su excusa es la mejor y probablemente la única alternativa posible.

En cualquier caso, no conviene tomarse al pie de la letra ninguna de las opiniones que acabo de escribir ya que lo único de lo que realmente estoy seguro, es que todo lo que he escrito no es más que una simple Excusa para comunicarme contigo.

La llegada de Pablo (29 de julio de 2003)

Todos los allí presentes, alrededor de la camilla, estábamos acompañando a la auténtica protagonista. Yo sólo podía dar calor humano (sudaba como un pollo) y observarlo todo extasiado, ya que el resto de los asistentes estaban presentes por razones estrictamente profesionales. Después de los necesarios preparativos todo estaba a punto para que el día de hoy, 29 de julio, jamás se pueda borrar de mi memoria. Los más expertos en ese tipo de tareas decían que no iba a tardar en producirse el evento y ciertamente apenas una hora después de haber llegado, hecho un manojo de nervios, sucedió. Se escuchó un grito de ánimo: “¡Empuja de nuevo como lo estas haciendo!”, seguido de un “¡muy bien, sigue así!”. La emoción que se respiraba en el ambiente es muy difícil de describir. Y en ese preciso instante, justo cuando la criatura se estaba asomando a la ventana de la vida, la madre respiró hondo y de un último esfuerzo le regaló la vida. Así fue como llegaste, de manera admirablemente sencilla. Todo se desarrolló rápido y de forma muy natural. Y pude verificar que razón tenía aquel que dijo por vez primera eso de “la naturaleza es sabia”.

Lo primero que pudimos observar todos con mucha claridad en tu primer segundo de vida no dejaba lugar a la duda, se confirmaba el secreto mejor guardado de los últimos 9 meses, ... “¡es un varón!”. Ya una vez limpio pudimos verte la carita redonda, bien formada, de ojos ligeramente rasgados y con poquito pelo. Llamaba la atención que tu primer entretenimiento era el de haber descubierto que se pueden hacer un sinfín de pompas con tu propia saliva. Ese instante no tiene precio. De repente me doy cuenta que un escalofrío recorre todo mi cuerpo y tal sensación se traduce en una pequeña descarga de felicidad que casi me hace llorar. Ya no hay vuelta atrás. Hay cosas en esta vida que se pueden modificar, de hecho muy pocas permanecen inalterables. Pero la condición de padre una vez que la consigues no te abandona nunca. El reto es enorme, la responsabilidad también, pero puedo decir con conocimiento de causa que la satisfacción que sientes, simplemente observando a tus hijos, supera cualquier otra cuestión.

Por otro lado ahora toca escuchar con resignación comentarios de todo tipo y mientras muchos, de los que vengan a verte, te dirán que tienes la oreja de tal manera y que eres clavadito a tu madre, otros tantos dirán que ese gesto que haces al cerrar los ojos es del padre y hasta puede que tengan razón. Pero los más prudentes dirán que eres muy pequeño para sacarte algún parecido. Y lo realmente cierto es que no te parecerás a nadie porque eres único e irrepetible como nos sucede al resto de los mortales (exceptuando a los gemelos por supuesto). Así que ánimo cariño, porque comienza para ti un apasionante y largo viaje en el que tendrás que descubrirte a ti mismo y a todo lo que tienes a tu alrededor. Durante el trayecto, no tengas miedo de equivocarte y si te sirve de algo yo estaré a tu lado aún cuando tu no me busques a mi.