Es necesario equivocarse a menudo, yo por ejemplo confieso que lo hago entre cinco y ocho veces al día, para saber reconocer los aciertos cuando éstos aparecen. Partiendo de la base de que a nadie le gusta meter la pata, admitir los fallos con honestidad y no torturarse por ello cuando suceden, nos puede ayudar a entender mejor la vida o al menos a relativizar las tensiones que nos acechan sólo por el hecho de querer acertar siempre y de no defraudar a nadie. Pasamos demasiado tiempo preocupados con estar a la altura de lo que nuestro entorno espera de nosotros y dejamos en un segundo plano lo que nosotros queremos o esperamos de nosotros mismos. A veces sucede que la experiencia te va abriendo los ojos, para que no te olvides demasiado tarde de dedicarte todo el tiempo que te mereces y para que por fin consigas estar a la altura de lo que tu esperas de ti mismo. Será entonces en ese momento cuando quizás habrás alcanzado una meta importante, que es la de escucharte y probablemente ser capaz de responder a tus propias expectativas. A partir de ahí, después de alcanzar esa paz interior contigo mismo, curiosamente comienzas a observar a tu alrededor como tu entorno, ese que tanto te preocupaba, comienza a estar plenamente alineado contigo y aplaude tu “nuevo” estilo o forma de entender la vida. Y lo único que realmente ha sucedido es que por fin has encontrado tu sitio.
Nos olvidamos con demasiada frecuencia de darnos la importancia que nos merecemos. El miedo al rechazo o simplemente a no ser aceptado nos conduce en demasiadas ocasiones a querer agradar al prójimo sin mayor propósito que el de no vernos excluidos de la manada. Y lo hacemos aún sabiendo que el coste que nos puede ocasionar semejante actitud, es tan elevado que incluso puede implicar que no nos reconozcamos ante el espejo, llegando incluso al punto de que la imagen que contemplamos se parezca a la de un extraño.
El valor de los pequeños detalles suele pasar por alto sin darle su verdadera importancia, al igual que tampoco se valora en su justa medida la virtud de la discreción. Pero para no mezclar ambas cuestiones me ceñiré a esos pequeños detalles tan cercanos y cotidianos que no vemos quizás por su tremenda proximidad. Alguien me contó una vez una historia de una persona de unas firmes creencias religiosas, que tras un episodio traumático en su vida decidió autoexiliarse en el desierto y meditar. En el lugar donde se refugió, el ecosistema era muy duro y árido exceptuando la aparición de un junco firme y de color verde que rompía la monotonía del paisaje y que día tras día iba creciendo. Tras varias semanas de recogimiento el ermitaño gritó al cielo desesperado implorando una señal que le revelerá con certeza la existencia divina. Y lo hacía estando situado a escasos metros del junco que, mecido por el viento, no era otra cosa más que la respuesta a sus suplicas.
Está muy bien tener grandes aspiraciones y es muy loable pretender acabar con el hambre en el mundo o que de una vez por todas cesen todas las guerras del planeta, pero tal vez para poder conseguirlo sea necesario que pongamos nuestro granito de arena para que en el bloque de pisos en el que vivimos o en nuestro barrio, nadie se quede sin poder alimentarse y que las disputas se reduzcan tan sólo a las que sucedan en las películas que se proyectan por la televisión. Algo tan sencillo y mágico como es una franca sonrisa, que además posee un innegable efecto contagioso, puede trasformar un día gris en otro lleno de color. Creo que alimentándonos de estos pequeños detalles es más fácil ir descubriendo toda la gama de colores que hacen posible, por ejemplo, construir toda la grandeza del arco iris. Y que para que pueda alcanzar su máximo esplendor, semejante acontecimiento de la naturaleza, el arco iris ha tenido que nutrirse de muchos pequeños matices (en forma de color) que han hecho posible que sea admirado por mucha gente. Por todo esto, creo que nunca es tarde para aportar el matiz de tu inigualable color y sumarlo a otros muchos de idéntico tamaño (pequeño) para que, entre todos, podamos alcanzar un premio de mayor magnitud.