Todas las mañanas Matías, el joven panadero, visitaba el jardín del palacio del gran Duque. Y después de dejar en las cocinas de palacio el pedido habitual compuesto por 20 barras de pan y otros tantos kilos de pasteles, se dirigía tan nervioso como contento a disfrutar del mejor momento del día. En el centro del jardín, muy próximo a una majestuosa fuente, se hallaba la joya del lugar, el Tulipán blanco. No sabía quién tuvo la excelente idea de haber sembrado su semilla pero jamás olvidaría el primer día en el que sus ojos contemplaron por primera vez la belleza de la flor.
Era una flor muy especial. Era bonita y diferente pero al mismo tiempo muy sencilla. Uno de los secretos de su hermosura radicaba en que no existía otra igual en toda la comarca. Además poseía una gran elegancia. El tulipán sabía buscar los rayos del sol con mucha delicadeza para que cada uno de sus preciosos pétalos se mantuviera con brillo. La flor era consciente de su belleza y le encantaba ser admirada y arrancar sonrisas al corazón de cada espectador que la contemplaba.
El joven panadero sentía una adoración hacia la flor que no tenia límite y cada día que pasaba notaba como iba creciendo su amor por ella. Por eso siempre que podía acudía a su encuentro después de cumplir con sus obligaciones. Cualquiera que observara la escena entre el joven y la flor se daba cuenta rápidamente de que nadie podía tratar con mas dulzura y delicadeza a ese precioso tulipán blanco que presidía el jardín. Era muy gratificante presenciar como le hablaba, le regaba y le leía pequeños relatos que se inventaba inspirado por el amor que nacía del interior de su joven corazón enamorado. El panadero sabía que el Tulipán jamás podría ser suyo, puesto que estaba dentro de los dominios del gran Duque. Pero también sabia que no podía renunciar a amar a aquella flor, porque sería tanto como pretender renunciar a vivir.
Matías era el único hijo de una humilde familia y ayudaba a sus padres trabajando a diario en la panadería que se había convertido en la mejor de toda la nación. La calidad de su pan era muy apreciada. Diariamente todos sus vecinos acudían a comprar su excelente pan recién hecho y su deliciosa bollería. También solían acudir los criados de los nobles de la región para comprar el pedido encargado por sus señores. El negocio era muy prospero pero también muy duro. Matías se levantaba todos los días a las seis de la mañana para encender el horno y comenzar a prepararlo todo, ya que a partir de las siete comenzaban a llegar los primeros clientes.
Una noche cuando el joven estaba a punto de acostarse, de repente le vino un pensamiento a su mente y lo entendió todo. Si quería que su querido Tulipán blanco continuara vivo y ofreciendo su mejor fragancia debía alejarse durante una larga temporada del jardín. El gran Duque era un hombre muy celoso con un corazón lleno de odio y envidia capaz de arrancar el Tulipán antes que compartirlo con nadie más. Eso era algo que Matías no podía consentir, ni seguramente soportar.
El gran Duque, que era coleccionista de objetos preciosos, estaba acostumbrado desde la cuna a satisfacer todos sus caprichos y se tomaba como una ofensa personal que alguien pudiera opinar y ni siquiera pensar de forma distinta a el. Además su ambición no tenía límites en la comarca, al igual que su obsesión por subir los impuestos al pueblo. Por ello no gozaba de ningún aprecio entre los ciudadanos, a pesar de que trataba de compensarles abriéndoles las puertas de su inmenso jardín para que pudieran pasear por el y disfrutar de su belleza.
Matías una vez tomada su decisión fue a despedirse del Tulipán una fría noche de primavera. Rieron y lloraron juntos sabiendo que iban a estar mucho tiempo separados, pero también sabían que quizás era lo mejor para los dos, puesto que no había otra alternativa. El joven acarició por última vez los suaves pétalos de terciopelo y le susurró en voz baja, “hasta siempre Tulipán”.
Pero después de cuatro días sin visitar al Tulipán, el dolor que sentía Matías en su corazón era tan profundo que regresó al jardín donde crecía la flor que le daba la vida. Aunque dudo un instante antes de entrar, su intuición le indicaba que debía hacerlo. Al joven casi se le para el corazón cuando comprobó con sus propios ojos que su Tulipán se marchitaba. Esa misma noche Matías le regaló todo su amor a través de su voz y sus caricias. El joven panadero regresó a casa agotado, pero feliz justo a la misma hora en que tenía que encender el horno y comenzar su jornada de trabajo. Y mientras estaba amaneciendo sucedió el milagro que todos los visitantes pudieron contemplar. Los habitantes de la comarca volvieron a admirar la belleza del tulipán feliz, gracias a las grandes dosis de cariño que había recibido durante la noche anterior.
Matías no quería que su flor volviera a marchitarse nunca más. Por eso acudía en secreto al encuentro con la flor y de manera furtiva a la luz de la luna, saltaba el grueso muro de piedra que delimitaba los jardines del Duque para poder regalarle todo el amor que le cabía dentro. Pero sucedió lo inevitable y una noche fueron sorprendidos por la guardia del Duque, justo mientras Matías le estaba susurrando un poema de amor a su amado Tulipán blanco. Toda la furia del Duque cayó sobre el joven. Aunque gracias a sus suplicas consiguió que no le cortaran el tallo al Tulipán y con ello salvarle la vida. Pero a cambio el joven panadero tuvo que pagar un precio demasiado alto. El Duque le castigo con el destierro.
Matías se despidió de sus padres con una profunda tristeza antes de emprender un largo viaje sin posibilidad de retorno. Ellos no comprendían donde estaba el delito cometido por su hijo para que el Duque le castigara con semejante dureza. El joven, antes de partir, también tenía que despedirse del Tulipán blanco, así que sin dudarlo acudió a su encuentro. La flor le regaló uno de sus elegantes pétalos y cuando Matías lo besó notó como le resbalaban lagrimas por su rostro. Una de ellas cayó sobre el tallo del Tulipán y quizás ese fue el motivo por el cual la flor jamás se volvió a marchitar.
El largo camino emprendido hacía ninguna parte por Matías, le permitió reflexionar mucho acerca de su destino. Trataba de imaginarse como sería la vida lejos de su Tulipán y le costaba mucho poder imaginarla. Pero su intuición le decía que no debía perder la esperanza en que el destino les uniría y que algo mágico sucedería para que sus almas permanecieran unidas para siempre. Con esa ilusión en su corazón el joven se enfrentó a una vida nueva. En ella nunca le faltó la sonrisa, porque nunca le faltó el aroma del pétalo más hermoso de su flor.
Una noche el Tulipán blanco, que cada día era más bello, se sumergió en un profundo y dulce sueño. Y soñó que estaba en otro jardín que aunque era mucho más pequeño, le hacía sentirse mucho más libre y en paz consigo misma, que en el fastuoso jardín del Duque. Además el joven panadero estaba también allí pendiente de que nada malo le sucediera y de que siempre a lo largo del día, tuviera algún motivo para sonreír y poder dar gracias a la vida. El tulipán también soñó que tenía brazos y piernas y que se fundía en el más tierno y puro de los abrazos con Matías. Y soñó que por fin podía disfrutar de un amor sin límites.
Esa misma noche, pero a muchos kilómetros de distancia, Matías también tuvo un sueño muy intenso. En su sueño, el se había convertido en una preciosa cometa multicolor y su Tulipán disfrutaba mucho llevando las riendas del hilo que le sujetaba. Poco a poco la cometa iba ganando metros, en una imparable ascensión y Matías se sentía dichoso gracias a la excitante sensación y el impresionante paisaje que podía divisar. Pero entonces un rayo de sol cegó a la flor y ella en un acto reflejo soltó la cuerda que los unía. Entonces la cometa subió y atravesó las nubes hasta perderse en la inmensidad del cielo azul. Y el Tulipán se quedó triste contemplando impotente desde tierra firme, como su querida cometa se perdía para siempre.
Una vez despierta y habiendo regresado al mundo terrenal el Tulipán comenzó a valorar lo privilegiada que era por todo el amor que había recibido. Y también se sentía responsable del efecto que era capaz de trasladar en su joven amigo. Tan sólo su presencia, su olor, su alegría, sus caricias o simplemente saber que ella era feliz, era suficiente para que el estado de ánimo de Matías le permitiera crear algo hermoso. El amor que sentía por ella mantenía vivo al joven y por eso Matías no le podía pedir nada más a la vida, excepto saber que su flor era feliz. Sólo de este modo su luz jamás se apagaría.
Pero los celos y el rencor del gran Duque crecían hasta el punto de que decidió hacer creer a todo el mundo que el joven panadero había muerto. La noticia no tardó en propagarse por todo el jardín hasta que fue conocida por el Tulipán blanco. El efecto fue fulminante sobre la flor y las sombras cayeron sobre su estado de ánimo. Sus raíces no absorbían alimento y sus pétalos se cansaron de buscar la luz del sol. El Duque se sentía muy poderoso y a pesar de ver triste al Tulipán no sentía la menor compasión por el. El estado de salud de la bella flor corrió como la pólvora y llegó a oídos de Matías quien preocupado por la salud de su Tulipán decidió enviarle una prueba de vida, para aliviar su sufrimiento.
Matías no encontraba el modo de demostrarle que continuaba con vida. Quería enviarla una prueba de vida y sabía que tenía que ser algo muy personal pero no acertaba a dar con la solución perfecta. Se evadió un instante cerró sus ojos y en pocos segundos dio con la mejor de las pruebas. Sacó de su mochila una pequeña cantimplora, vacío el agua que contenía en su garganta y a continuación introdujo en ella unas palabras suyas.
Entonces el joven le encargó a su fiel caballo la más importantes de las misiones que jamás había tenido; salvar la vida al Tulipán blanco. El caballo cabalgó cientos de kilómetros durante varios días hasta que consiguió llegar a los jardines del gran Duque. Allí, con la luna como único testigo de aquel momento, espero para estar a solas frente a la flor y arrojar la cantimplora al suelo. Y en ese instante fue cuando se abrió el tapón y se pudo escuchar claramente la voz de Matías: “Sigo vivo mi amor y mientras tu estés en este mundo yo siempre lo estaré”.
Desde aquel inolvidable suceso pasaron los días, las semanas y los meses y el Tulipán continuaba siempre radiante. El gran Duque no alcanzaba a entender los motivos de la recuperación de la flor. Y eso que algunos días tuvo que soportar un fuerte calor, otros intensas lluvias, incluso fríos casi polares y también algunos con vientos huracanados. Nadie fue capaz de encontrar la explicación a la espléndida belleza que cada día mostraba la flor. El gran Duque les encargó a los más grandes científicos del país que estudiaran el caso y no hallaron una explicación lógica alguna. Pero como la especie humana siempre necesita definirlo todo para intentar comprenderlo, los grandes sabios diagnosticaron que la flor estaba embrujada. “Si pero, embrujada de amor” – pensó el Tulipán – al escuchar semejante explicación.
En el destierro el joven Matías tuvo que vivir momentos muy difíciles. Gracias a su buena estrella y a su espíritu libre había sido capaz de vencer el castigo impuesto por la cólera del Duque. En su viaje visitó muchos lugares diferentes y conoció otros jardines con flores de aromas deliciosos que también se enamoraron con pasión del noble corazón del joven. Pero Matías era incapaz de corresponder como ellas pretendían al cariño que le regalaban, ya que era incapaz de olvidarse de su Tulipán blanco por la misma razón de que tampoco podía olvidarse de si mismo.
Los años fueron pasando y el aspecto del joven fue madurando hasta convertirse en un apuesto caballero, mientras tanto el Tulipán blanco seguía conservando todo su esplendor. Entonces sucedió que un mal día el caballero cayó enfermo y por ello se vio obligado a guardar cama durante varias semanas. Los momentos en los que la fiebre subía más, llegó a tener alucinaciones y en ellas apareció su flor para aliviar su dolor como no podía ser de otra manera. Sentía una suave brisa en su rostro y las caricias de los pétalos blancos de terciopelo del Tulipán que le hacían sonreír de forma instintiva.
La enfermedad de Matías se prolongó durante dos meses y le llegaba a trastornar de tal forma, que algunas noches cegado por el dolor llegó al punto de no importarle abandonar este mundo. Repasó toda su vida y se dio cuenta que había sido muy afortunado porque había tenido el privilegio de vivir un amor correspondido con su Tulipán. Aunque después soportara muchos años de destierro, supo darle sentido a sus días porque tenía el mejor de los motivos para comenzar el día con una sonrisa. Cada amanecer era diferente e irrepetible y había aprendido a disfrutarlo como si fuera el último que le regalaba la vida. Había sido capaz de tocar el cielo con la punta de los dedos con su flor y de conocer la gloria, algo que mucha gente no tenía la oportunidad de experimentar, así que no le podía tener miedo a la muerte.
Cuando Matías por fin estuvo completamente recuperado de aquella enfermedad, cerró los ojos con la misma intensidad que lo hacen los niños cuando piden un deseo frente a su tarta de cumpleaños. El sólo tenía un deseo que pedir, el único que ahora podía hacerle feliz. Quería volver a estar con su Tulipán, algún día, para poder cuidarlo el resto de su vida. Por eso lo deseo con toda su alma. Durante su largo peregrinaje por las ciudades que conoció el caballero, se ganó la confianza y el afecto de quién se preocupaba en conocerle, gracias a su honestidad ante la vida. Y a pesar de todas las experiencias que fue adquiriendo no pasó un solo día en que su Tulipán no acariciará sus sueños, llegando incluso a veces a escuchar como una voz en su interior le decía “pronto estaréis juntos en vuestro jardín prohibido”.
Mientras tanto en el jardín de palacio, al gran Duque los años le habían convertido en un anciano con carácter huraño y solitario. Los doctores que le atendían pronosticaron que el Duque moriría antes de un año. Así que atrincherado en la soledad de su jaula de oro, se acostumbró a ver la vida pasar como lo hace un espectador aburrido. Pero su obsesión sobre el Tulipán le llevó a tomar una última decisión antes de morir movido por el odio. Ordenó cortar la flor y arrojarla al río. No podía soportar que la belleza del tulipán perdurara año tras año, mientras que sus propios huesos se iban desgastando avisándole de que su final estaba muy cercano. No, no podía permitir que la flor viviera más que su dueño y gran señor. Los habitantes de la aldea se rebelaron contra la malvada sentencia del Duque, porque no lograban entender una condena a muerte por el delito de brillar por su belleza. Pero finalmente llegó el día del juicio y la guardia del Duque ejecutó la orden sin piedad.
A muchos kilómetros de distancia del palacio del Duque un escalofrío recorrió el cuerpo de Matías, justo cuando se encontraba en el puerto preparándose para zarpar a alta mar con la intención de pasar una buena temporada pescando. La sensación que sintió fue tan intensa que su intuición le dijo que algo grave había sucedido. Pero Matías continúo adelante con sus planes y junto con el resto de la tripulación salió del puerto con la compañía de un numeroso grupo de gaviotas que decidió escoltar la embarcación durante los primeros kilómetros de viaje.
No se recordaba un día más triste en la aldea que aquel en el que el Duque decidió separar de la tierra a la flor más bella jamás vista en ese lugar. Casi todos los habitantes quisieron dejar durante unos minutos sus obligaciones, para poder vivir el momento en el que la guardia del Duque, por orden inquebrantable de éste, arrojaba al río al Tulipán para que sus pétalos se perdieran para siempre y fuesen a perderse en el mar. En las orillas del río dos guardias a caballo custodiaron el último viaje de la flor hasta la desembocadura al mar, con la intención de evitar que nadie pudiera rescatarla de las aguas.
El agua mantenía con vida al Tulipán y gracias a ello tuvo la suerte de disfrutar de aquel extraño pero interesante viaje a través del río cuyo color era verde intenso, más conocido como río esmeralda. En aquella aventura la flor, que siempre había estado anclada a los mismos paisajes, salvo en sus sueños, pudo contemplar muy diferentes especies de árboles y de flores. Muchos animales que la flor desconocía también se acercaron para acompañarla. Conejos, ranas, castores, mirlos, incluso águilas y un travieso cervatillo quisieron comprobar que la fama de la belleza del Tulipán era totalmente merecida. El Tulipán lejos de sentir miedo comenzó a sentirse aliviado por escapar del jardín del Duque y poder vivir la aventura de seguir la corriente del río.
A la caída de la noche el capitán del barco en el que viajaba Matías, comenzó a ponerse muy nervioso por el estado del mar. Se desató una gran tormenta y con ella un gran oleaje golpeó el casco del barco con tanta fuerza que Matías regresó de su particular viaje mientras contemplaba embelesado a la Osa Mayor. Le estaba pidiendo a las estrellas, tal y como venía haciendo cada noche desde los últimos años, que protegieran y cuidaran a su querida flor. Pero la bravura y la furia del mar quedó patente cuando el mástil mayor se quebró por completo, al recibir el golpe de una ola de unos cinco metros de altura. En ese instante, toda la tripulación supo que se enfrentaban a un inevitable naufragio.
El Tulipán continuaba su largo viaje sin paradas por el curso del río. Y durante la noche le dio tiempo a descubrir nuevas estrellas, en las que nunca había reparado desde el jardín donde había pasado toda su existencia. Se quedó admirando una constelación con forma de carro y pudo observar con claridad un cierto parpadeo de los astros que formaban aquella bonita figura. Ella interpretó esas señales como un guiño que le estaba haciendo la vida y entonces vino a su memoria el rostro de Matías.
A la mañana siguiente el mar mostraba su cara más apacible, de manera que tan sólo se percibía una suave brisa. Un pequeño bote salvavidas de madera rompía la silueta del horizonte. Esparcidos por el océano quedaron los restos de la embarcación pesquera en la que con tanta ilusión había zarpado Matías. Una gaviota se posó en la balsa que estaba a la deriva, al tiempo que emitió un sonoro graznido despertando al único pasajero que viajaba en ella. Lo primero que percibió el naufragó Matías al recobrar el sentido fue que le dolían todos los músculos del cuerpo. A continuación el brillo de los rayos del sol le cegaron por completo. Además los golpes recibidos en la feroz lucha con el mar, le habían provocado una leve perdida de memoria y por ese motivo no recordaba que estaba haciendo allí. De rodillas en la balsa, Matías, miró hacia todos los lados observando la inmensidad del océano y comenzó a llorar desconsoladamente.
En ese momento le pidió al cielo una explicación por su mala fortuna. Jadeaba mientras maldecía al mundo por abandonarle a su suerte y tenerle preparado un destino tan cruel. Aquel hombre pensaba que ni el más ruin de los mortales merecía estar allí a la espera de que la fatiga, el hambre o la sed acabarán con su vida. Miró al cielo y gritó: “¡Si es verdad que existes dame una prueba de ello y si no es así no me pidas más que confíe en ti!” – fueron las palabras que brotaron de sus labios ante semejante estado de desesperación sin darse apenas cuenta. Pero luego reparó en que el hecho de poder estar vivo en semejantes condiciones era la mejor de las pruebas. Y fue a continuación cuando algo realmente mágico y especial sucedió. Aquel hombre desencantado de la vida sintió un golpe en su corazón cuando divisó a pocos metros de distancia, una pequeña luz que venía a chocarse contra la balsa. Cuando se incorporó para observar lo que venía a su encuentro, pudo sentir como una corriente de enorme felicidad recorrió todo su cuerpo. “Mi Tulipán blanco,... ¿eres tu?” – fue lo único que acertó a decir, mientras estiraba la mano para recuperar de las aguas a su flor. Entonces en su rostro las lágrimas de rabia, se transformaron en lágrimas de alegría.
La vida había querido que tanto Matías como el Tulipán superaran duras pruebas durante los años en los que estuvieron físicamente separados, pero también el destino quiso premiar la fuerza de la pureza de su amor con aquel reencuentro. Matías recobró toda su memoria, desde el momento en que sus doloridos ojos divisaron a la flor. A partir de entonces jamás tuvo dudas acerca de quién era, así como tampoco volvió a atreverse a dudar de la existencia de un ser superior que les protegía.
Afortunadamente un barco guardacostas remolcó a Matías y al Tulipán hasta tierra firme y una vez allí comenzaron una nueva vida. Matías construyó una pequeña granja con tanto esfuerzo como ilusión. La luz y el entusiasmo que le daba poder contemplar a su querida flor hacía que cualquier obstáculo o contratiempo que se le presentaba fuera fácil de vencer. Y así fue como pasaron el resto de sus vidas.
Matías sólo vivía para que su adorado Tulipán fuera feliz en el pequeño jardín que ahora tenían. Y la flor por fin sentía que ahora estaba en su verdadero hogar. Además podía disfrutar de pequeños privilegios, tales como el de poder volar cometas junto con Matías, todos los días en los que el viento y el cielo se lo permitían.
Pedro García Gallego