Nicanor era un hombre como cualquier otro. Siempre parecía tener mucha prisa y estar muy ocupado. Todos los días salía de casa para ir al trabajo después de tomarse un buen vaso de zumo de naranja y cuatro magdalenas. Cuando salía a la calle casi nadie se fijaba en el, incluso cuando viajaba en autobús y estaba lleno tenía la sensación de ser invisible. Mas de una vez, incluso, le habían llegado a pisar un pie sin ni siquiera pedirle perdón por ello. Por eso Nicanor estaba convencido de ser invisible ante los ojos de los demás.
Cuando llegaba a su puesto de trabajo en la oficina de correos, del centro de la ciudad, tampoco conseguía llamar la atención de nadie. Y eso que era una persona muy amable que disfrutaba con lo que hacía. Quizás para la gran mayoría de las personas poner sellos a las cartas, después de pesarlas y echarlas al buzón no era algo muy apasionante, pero a Nicanor le parecía el mejor trabajo del mundo. Sabía que gracias a lo que hacía, muchas personas conseguían estar comunicadas y se sentía especial por ello. Cuando más disfrutaba Nicanor era enviando paquetes. Aquello requería un tratamiento muy especial porque entonces el debía preguntar si había algo frágil en su interior y cual era el lugar de destino del paquete. Y a continuación comenzaba el proceso de preparación del paquete, que era todo un arte que Nicanor realizaba con una gran maestría, hasta que lo dejaba listo para introducirlo en el camión de reparto.
De todos modos Nicanor se sentía muy a menudo transparente y eso que no era ni muy alto ni tampoco muy bajo, sencillamente era de tamaño medio. Así que un buen día después de concluir su jornada de trabajo se dirigió a una tienda de sombreros de su barrio y muy decidido le dijo a Basilio, el dependiente: “Quiero un sombrero elegante”. Inmediatamente Basilio le sacó los más bonitos que tenía en la tienda. Los había de todos los tamaños y formas, pero el que más le gusto a Nicanor fue un distinguido sobrero de copa de terciopelo negro. No se lo pensó dos veces y se lo compró.
Al día siguiente salió a la calle con la ropa que habitualmente utilizaba para ir a trabajar, exceptuando el precioso sombrero de copa que lucía en su cabeza. Nada más cruzar el portal de su casa vinieron los primeros elogios de Ruperto, que era el portero de su casa. “Que tenga muy buen día Don Nicanor” - “Muchas gracias Don Ruperto”, respondió el. Nunca le había llamado nadie “Don Nicanor” y mucho menos el portero de su casa, así que pensó que el sombrero era mágico. Efectivamente lo era, porque nunca se había sentido tan observado como aquel día. No alcanzaba a entender como la gente reparaba tanto en el, gracias a su sombrero, si el era la misma persona de todos los días. Ahora las personas que se cruzaban con el le trataban con más amabilidad y cortesía que antes. Incluso dentro del autobús había gente que quería cederle su asiento para que fuera más cómodo. Y en el trabajo había clientes de la oficina de correos que sólo querían que les atendiera “Don Nicanor”. Después de siete días seguidos usando el sombrero llegó a la conclusión de que la gente le daba más importancia a la ropa y los sombreros que llevamos puestos que a lo que hay dentro de esas ropas o debajo de los sombreros. El seguía siendo la misma persona, pero sin embargo todo su entorno se había transformado por el misterioso efecto de un mágico y elegante sombrero de copa.
Nicanor no estaba cómodo. Harto del comportamiento de la gente, que sólo quería relacionarse con alguien que llevara un elegante sombrero de copa sin importarle mucho quién lo llevara puesto, decidió guardar el sombrero en su armario y salir al día siguiente a la calle sin el. Había necesitado el sombrero para que la gente se fijara en el y pudieran darse cuenta de que había un ser humano debajo que era capaz de reír, llorar, cantar y gritar. Así que nunca más, salvo algún día muy especial, volvió a utilizar el sombrero (aunque siempre le tuvo mucho cariño). Lo curioso de esta historia fue que todos los días a partir de entonces, Ruperto, el portero de su casa, cada vez que se lo encontraba en el portal siempre le llamó “Don Nicanor” sin importarle que su cabeza estuviera cubierta por un sombrero de copa. Y quizás gracias a ello, o quizás no, Nicanor jamás volvió a sentirse transparente y mucho menos invisible, cada vez que salía a la calle.
Pedro García Gallego