Esta es la historia de Marilyn, una valiente y divertida palomita de maíz que vivía cada momento de su existencia como si fuera el último. A ella le resultaba muy emocionante no saber las sorpresas que le reservaba cada nuevo día y por ello los aprovechaba al máximo. Se trataba de una palomita gorda y de un color tan blanco como lo es el del algodón. Además Marilyn tenía el olor inconfundible del maíz frito, tan característico de este delicioso manjar. En definitiva tenía un aspecto realmente apetitoso. Por todo ello, el riesgo de terminar siendo masticada en la boca de alguien era muy alto y sabia que para poder evitarlo no debía relajarse ni un sólo instante.
Tan sólo había una cosa que le gustará más a Marilyn que una buena película y era recibir una buena ducha de sal, antes de que la introdujeran dentro de un cucurucho. Sentir como caían sobre ella los pequeños granitos de sal era uno de los mejores momentos del día, porque era lo más parecido a maquillarse y ponerse guapa para ir de fiesta al mayor espectáculo del mundo. O sea, al cine.
Y es que nuestra amiga, la palomita de maíz, vivía en un cine a la afueras de la ciudad y tenía una especial habilidad que la hacía diferente al resto de sus compañeras. Y es que Marilyn una vez dentro de un cucurucho lleno de unas cuantas sabrosas palomitas como ella, era capaz de aguantar hasta el final de la película vivita y coleando. Eso sí, sabía que debía renunciar a ver el final de la película si quería conservar su preciosa figura. Ya que cuando el cucurucho estaba a punto de quedarse vacío, Marilyn, como por arte de magia se escondía en el fondo de este artilugio, sin que ninguna mano distraída consiguiera atraparla. Esta era la parte más peligrosa de todas. Y así, de este modo, había sido capaz de ver el comienzo de más de cincuenta películas distintas en los últimos dos años.
Lo más complicado era lo de volver a la maquina de hacer palomitas para estar lista al día siguiente y tener la oportunidad de disfrutar de una nueva sesión de cine gratis. Para ello Marilyn debía esperar a que el cine cerrara sus puertas al público. Y que el personal de limpieza del cine retirara todas las palomitas pisoteadas y malheridas en la batalla, que estaban atrapadas entre las butacas y en el suelo de la sala del cine. Era entonces cuando sucedía lo verdaderamente mágico. En esos momentos, la simpática palomita de maíz, al grito de ¡¡Casablanca!! convocaba a todas las demás palomitas que quisieran disfrutar de un pase privado en la sala de cine. Ahora ya podían disfrutar viendo la película completa, en una sala para ellas solitas, sin sobresaltos y fuera del peligro de ser engullidas por los insaciables humanos.
Pero para hacer posible todo este despliegue era necesario un trabajo en equipo. Así que otra palomita de maíz de nombre Escarlata, que era la mejor amiga de Marilyn, se encargaba de poner en marcha el proyector de cine. A Escarlata, que era pequeñita y muy juguetona la entusiasmaban los áticos y por ello se había quedado a vivir allí, en la buhardilla del proyector, desde que alguien le descubrió ese paraíso. Una vez que todas las palomitas ocupaban su localidad en el patio de butacas, con una disciplina ejemplar, Marilyn desde el centro de la sala gritaba ¡¡¡ silencio, cámara ... acción !!! Y entonces, Escarlata ponía en marcha el proyector y el milagro sucedía de nuevo. Las palomitas conseguían meterse en la piel de los personajes de sus películas sintiendo la emoción de sus historias y viajando a lugares que sólo la imaginación y el cine son capaces de imaginar. Al terminar la película de cine, la mayoría de las veces, todas las palomitas saltaban de contento desde sus butacas y la sala se convertía en un auténtico jolgorio, más propio de un fabuloso festival de fuegos artificiales.
Ya de madrugada cuando todas las palomitas, con Marilyn a la cabeza, se retiraban a descansar nuestra amiga, la palomita de maíz, le daba las gracias a la vida por haber podido saborear con intensidad un nuevo día. A continuación, ella misma se encargaba de apagar la luz al mismo tiempo que decía en voz alta, para que todas la pudieran escuchar, ¡¡¡ Coooooooooooooooooorten !!! Acto seguido llegaba la calma y así todas las palomitas continuaban en sus sueños siendo las protagonistas de sus vidas. Y por fin el silencio se hacía dueño de todos y cada uno de los rincones del cine.