El mejor regalo

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No dejes nunca de sonreir por favor

miércoles, 23 de febrero de 2011

Un señor bajito que decidió ser grande

Crispín estaba cansado de ser tan bajito. Estaba convencido que hoy también en algún momento del día alguien, a sus espaldas comentaría en voz alta que nunca había visto a nadie tan bajito. Esta vez ocurrió en la frutería, justo cuando Crispín se había encaramado a una enorme sandía para decirle al frutero que le pusiera un par de cerezas, puesto que no podía cargar con nada más. Entonces fue cuando una señora muy gorda estuvo a punto de aplastarle de un manotazo confundida al pensar que se trataba de un insecto. “Aaaaaaaaaaaaaaaaaalto !!!!” - gritó Crispín y a la señora casi le da un soponcio. Tomás el frutero entre risas le dijo a Crispín – “me he quedado sin una clienta, que no creo que vuelva nunca más por aquí, pero me alegro de que hayas salvado la vida Crispín.”

Así no se podía vivir, siempre había que estar alerta. Era el precio que había que pagar por tener el mismo tamaño de una taza de café. De manera que Crispín, un domingo por la mañana, se levanto con una sola idea en la cabeza. Había tomado la decisión de ser grande, muy grande. Y así salió esa mañana temprano a la calle, con la sensación de ser muy grande y dominarlo todo desde lo alto.

Pero en su camino se tropezó con la cucaracha Camila que además de acento argentino tenía muy malas pulgas:

“Que haces con esa sonrisa estúpida que llevas pintada en el rostro Crispín” – dijo Camila – “No me notas diferente, acaso no te das cuenta de lo grande que soy” - replico Crispín– “deja de decir boludeces y ten cuidado con la alcantarilla que tienes delante, sino quieres caerte dentro” - le contesto Camila. Crispín a punto estuvo de caerse dentro de la alcantarilla, pero continúo su camino convencido de su “gran” tamaño.

Poco después apareció un ratoncito con acento francés llamado Nicolás que era un tipo muy optimista y que siempre estaba de muy buen humor:

- “Que contento se te ve hoy Crispín, te noto diferente” – dijo Nicolás – “lo sabia Nicolás !! sólo un olfato fino y exquisito como el tuyo es capaz de darse cuenta de los cambios que suceden a su alrededor” – contesto Crispín.

- “Pues claro que si, mon petit amigo. Hoy me parece que si te quisieras subir a la Torre Effeil lo harías seguro” – dijo el ratón. - “Tu lo has dicho Nicolás hoy me siento tan grande como la Torre Effeil” – concluyo Crispín.

- “Y porque quieres ser tan grande mon petit amigo?” – pregunto Nicolás.

- “Pues para poder coger un taxi como todo el mundo, por ejemplo” - respondió Crispín.

- “ Pero eso no es posible mon petit amigo, ningún taxi va a parar si no te ve antes que le llamas” – le replico el ratón.

- “¿Donde esta ese ratón alegre y valiente que se atreve con todo que un día conocí en el museo del Louvre? Sólo necesito tener mucha fe en conseguirlo y que me prestes un globo rojo de los que les regalas a tus hijos a menudo” – rebatió de nuevo Crispín.

– “Oh la lá, eso esta hecho. Estas loco, pero me encanta tu forma de ser mi querido Crispín” - dijo Nicolás.

Con un globo rojo en las manos bien hinchado gracias a los pulmones del gato callejero Serafín que, al contrario de lo que pensaba la gente, era el mejor amigo del ratón Nicolás el intrépido Crispín estaba preparado para la gran misión de no ser porque estaba pegado al suelo por culpa de un chicle que alguna persona había tirado al suelo.

Fue necesaria la ayuda de toda una familia de hormigas formada por 58 miembros para poder despegarle los pies del suelo. Y justo en ese instante fue en el que vio a lo lejos que se acercaba un taxi. Entonces Nicolás cerró los ojos y le dio una cariñosa patada en el culo, a su amigo para elevarle del suelo y que comenzara a ganar altura.

Así fue como Crispín con cara de susto fue subiendo centímetro a centímetro sujeto al globo rojo hasta encontrarse a la misma altura del taxi. Entonces el taxista pensó que se trataba de un nuevo semáforo y frenó al instante. Ese momento lo aprovecho Crispin para soltarse del globo, caer en el retrovisor del coche y lograr entrar por la ventanilla que se encontraba bajada:

- “Buenas tardes – dijo Crispín - quería ir a dar un paseo señor taxista, es la primera vez que me subo a un taxi y no me importa donde me lleve, con tal de que estemos de vuelta para la hora de comer”. Dijo emocionado por la situación Crispín.

El taxista no salía de su asombro. En 25 años de profesión nunca le había ocurrido nada igual. Se pellizcó la mejilla para comprobar que estaba despierto y sólo acertó a decir con voz muy bajita:

- “El cliente siempre tiene razón, así que adelante”.

Encendió el motor del coche y comenzó el paseo de Crispin que saludo desde el salpicadero del coche a su amigo Nicolás que no paraba de dar saltos de alegría entusiasmado y a la incrédula cucaracha Camila que se quedó boquiabierta mascullando entre dientes; “que bueno que lo lograste Crispín”.

Pedro García Gallego