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miércoles, 23 de febrero de 2011

La luna triste

Había un pueblecito rodeado por grandes montañas donde el brillo de la luna era más intenso que en ningún otro sitio. Su majestad la luna tenía el color blanco más puro y limpio que jamás se haya visto nunca. Además el brillo de su luz era tan fuerte que por la noche el alcalde de aquel pueblo ordenó apagar todas las farolas, ya que no era necesario tenerlas encendidas. La luna iluminaba con su presencia la noche de aquel lugar, con tal fuerza que muchos de los turistas que visitaban aquel pueblo se quedaban desconcertados al confundir la noche con el día, sino fuera porque el cielo estaba repleto de estrellas.

Un día sucedió que el brillo de la luna se fue apagando. Y a partir de entonces ya nada fue igual. Cada anochecer la luz que desprendía la luna era de menor intensidad, hasta el punto de que al alcalde no le quedó más remedio que ordenar encender las farolas, que durante tanto tiempo habían permanecido apagadas. Llegó una noche en la que la luna apareció de un gris intenso. El cielo estaba limpio de nubes y sin embargo la estampa de su majestad la luna, no podía ser más triste y desoladora. Algo extraño estaba sucediendo que los habitantes del planeta tierra no alcanzaban a entender de ninguna manera. ¿Porque razón, un ser tan maravilloso como la luna, había pasado de ser una estrella gigante tan llena de vida a la más triste de las sombras que pueda dibujarse en el cielo?

La noticia, como es lógico, se extendió por todos los lugares del planeta. No se hablaba de otra cosa. Y a los gobernantes no se les ocurrió otra cosa que consultar a los hombres y mujeres más sabios del mundo. Pero por desgracia ninguno de ellos pudo encontrar una explicación a lo que le estaba ocurriendo a la luna. Hubo teorías para todos los gustos pero ninguna de ellas resolvió el problema y cada día que pasaba el resplandor de la luna era mucho más pequeño.

Entonces sucedió que se corrió el rumor de que había un niño de ocho años, llamado Julito, que podía hablar con la luna muy a menudo. Este niño vivía en el pueblecito protegido por las montañas, donde todavía se recordaban las noches claras por el fuerte el brillo de la luna. El alcalde del lugar le encargo al pequeño Julito, después de pedirle permiso a su padres, la importante misión de conocer los motivos del apagón lunar. El niño aceptó sin dudarlo ya que para el era algo muy sencillo hablar con la luna y de hecho solía hacerlo cuando le apetecía. Esa misma noche recibió el encargo del alcalde y con una linterna en la mano se subió al lugar más alto de aquel lugar, o sea, el campanario de la iglesia. El niño pasó la noche en el campanario esperando el momento adecuado en el que la luna quisiera contarle lo que le sucedía. Y fue a medianoche cuando desde allí arriba Julito recibió el mensaje alto y claro de la luna, justo en el preciso instante en que su resplandor era tan leve como el de la luz de un puñado de velas.

Al amanecer todo el pueblo esperaba a Julito a las puertas de la iglesia, ansiosos por escuchar a la criatura. Cuando el niño apareció se hizo un silencio tan grande que se podía escuchar hasta el sonido de las hojas, que caían al suelo desde las ramas de los árboles. Julito con una calma y tranquilidad ejemplar dijo en voz alta: “la luna me ha dicho que esta muy triste porque aquí abajo en la tierra nos peleamos e insultamos muy a menudo los unos con los otros y que no volverá a iluminarnos la noche hasta que dejemos de hacerlo”. El silencio permaneció durante varios segundos más después de que Julito hubiera pronunciado esas palabras. “Así que era ese el motivo” - susurró el señor alcalde - “algo tan simple y tan evidente como eso, vaya, vaya”.

Como no tenían nada que perder y si, en cambio, mucho que ganar todo el mundo se puso de acuerdo aquel día para no pelearse ni ofender a nadie y así comprobar que Julito estaba en lo cierto y que por fin se había encontrado el remedio para recuperar el brillo de la luna. La noche siguiente todos pudieron advertir como la luna parecía tener un poquito más de luz, de manera que continuaron haciéndole caso a Julito durante varios días seguidos. Y el resultado fue el que se esperaba tal y como había anunciado el niño. La luna volvió a brillar en todo su esplendor recuperando toda su luz y su energía. Entonces el alcalde, de nuevo, volvió a ordenar apagar las farolas de las calles, ya que su luz no era necesaria por las noches. La luna ahora estaba tan contenta que parecía brillar más cada noche regalándole a una tierra en paz toda su fuerza. Y así fue como a los habitantes del planeta además de luz en el interior de sus casas por las noches, pudieron disfrutar para siempre de luz en el interior de sus corazones. Y cuando se querían ir a dormir bastaba con bajar las persianas, nada más.

Pedro García Gallego