Camino de la planta de reciclado comencé a repasar la intensidad y el privilegio de todo lo que había vivido. Todo comenzó en La Fábrica, con cientos de compañeros a mi alrededor. Nunca más volví a sentir esa seguridad y complicidad con mis iguales. Confieso que tampoco lo eché de menos, debido a que la vida me iba proponiendo un reto distinto a cada instante y eso era motivo suficiente para no pensar en otra cosa distinta a saborear cada momento.
He sido deseado y custodiado con orgullo por las mismas personas que poco después me utilizaban y abandonaban. Nunca derrame una lágrima por ello, porque acepté y asimilé cual era mi condición desde que salí de La Fábrica. Tengo tantas anécdotas y experiencias que podría llenar enciclopedias enteras con ellas. Pero en este rápido resumen, sólo pretendo destacar la incoherencia y la grandeza del ser humano. El rostro de la gente se transformaba cuando yo aparecía, les hacía sentirse poderosos y menos vulnerables, pero se que yo sólo era uno más de tantos (como yo) que se cruzan en sus vidas y que no debía encariñarme con nadie, porque nadie lo hacía tampoco conmigo, más allá de unos pocos segundos.
He tenido contacto, con políticos, prostitutas (de las que cobran y de las que no lo hacen pero son más putas que las otras), sacerdotes, maltratadores, pintores (de brocha gorda y de los otros), ladrones (de guante blanco y de los otros), deportistas, perdedores (que un día conocieron la miel del triunfo), triunfadores (que no están preparados para ganar), ancianos, niños, bohemios, actrices (las que esperan ansiosas su minuto de gloria y aquellas que ya la han conocido), banqueros, negros, chinos, mestizos, racistas, honestos, infieles, tolerantes (especie en extinción), extremistas (especie en peligroso aumento), taxistas (que merecen un capitulo aparte por todo lo que me enseñaron), amas de casa, médicos, parados, mendigos (sólo estuve con dos que me encontraron por casualidad y que casi se matan por mi culpa), militares, homosexuales (y todas las demás categorías sexuales que se os puedan imaginar,... ¡si! esa también), solitarios, románticos, mentirosos, adinerados, aburridos, mafiosos, optimistas (muy pocos), envidiosos (demasiados), psicólogos, psicópatas, humildes (los que mejor han sabido valorarme) y por supuesto escritores, muchos escritores sobre todo de aquellos a los que todavía no se les ha reconocido el prestigio que atesoran.
Sobre mi se ha vertido champán, coca cola, tomate, barro, cocaina y petalos de rosas. He estado preso en los lugares más insospechados y curiosos que la mente humana pueda concebir. Si tengo que elegir uno en particular, me quedo con el grato recuerdo de aquella ocasión en la que bailé con una diosa del strep tease, durante un periodo de tiempo dificil de medir, apresado por el elástico de las bragas de su lencería fina a tan sólo tres centimetros del centro del mundo (y de su inconfundible aroma).
Capitulo aparte merecen aquellas temporadas de reclusión en las diabólicas máquinas estrechas de las entidades financieras donde, en compañía de un buen puñado de compañeros, esperabamos todos unidos la llegada de una salvadora tarjeta de plástico que nos devolviera el contacto con la libertad arrebatada sin contemplaciones. ¿Como poderos explicar el contacto con las manos liberadoras? No es fácil hacerlo, no es fácil encontrar las palabras adecuadas. Ese primer contacto ya revelaba mucho acerca del carácter y la condición de quién me poseía. Sin quererlo me convertí en un magnífico psicólogo. El mejor sin duda. Lástima que jamás pude ejercer esta singular profesión. Estoy seguro que habría tenido un éxito arrollador.
Capitulo aparte merecen aquellas temporadas de reclusión en las diabólicas máquinas estrechas de las entidades financieras donde, en compañía de un buen puñado de compañeros, esperabamos todos unidos la llegada de una salvadora tarjeta de plástico que nos devolviera el contacto con la libertad arrebatada sin contemplaciones. ¿Como poderos explicar el contacto con las manos liberadoras? No es fácil hacerlo, no es fácil encontrar las palabras adecuadas. Ese primer contacto ya revelaba mucho acerca del carácter y la condición de quién me poseía. Sin quererlo me convertí en un magnífico psicólogo. El mejor sin duda. Lástima que jamás pude ejercer esta singular profesión. Estoy seguro que habría tenido un éxito arrollador.
¿Tengo derecho a quejarme o lamentar el final de mi existencia? Es posible que si o quizás no, pero no me lo quiero cuestionar. Tan sólo quiero dar las gracias a la vida, por cada uno de los instantes vividos con cada uno de mis dueños, porque de todos ellos aprendí algo y a todos ellos les he apreciado a mi manera. Voy hacía la muerte con la alegría de saber que también es parte de la vida, o mejor dicho que es la vida misma (no se muy bien donde está la frontera). Mi maltrecho papel moneda servirá para que otro compañero nazca y por tanto me devuelva la vida. Todo comenzará de nuevo, pero esta vez sólo seré su guía espiritual o al menos eso es lo que intentaré.
Un billete de 50 euros