A veces maltratada, otras muchas manejada hasta la saciedad pero siempre necesaria. La palabra es una de las más bellas herramientas que posee el ser humano y que debemos saber valorar. Parece evidente que desde que nuestros antepasados primitivos aprendieron a emitir los primeros sonidos como forma de comunicación, la palabra se ha hecho imprescindible para entendernos mejor.
Incluso la palabra no dicha, merece también un homenaje. Muy a menudo es más importante aquello que no se dice como lo que se manifiesta en voz alta. El dominio de este arte en el teatro, me refiero a saber manejar correctamente los silencios, es algo que sólo está al alcance de los grandes de la escena. Decir mucho sin decir nada, es mucho más importante a veces que no parar de hablar durante diez minutos seguidos, sin haber dicho apenas nada congruente.
Además la palabra tiene la responsabilidad de trasladar y comunicar nuestros estados de ánimo de forma permanente. El significado de una misma palabra puede variar mucho dependiendo de la entonación e intensidad que le otorguemos en cada momento y por supuesto del emisor que la lance al viento. Y aunque el mensaje que mandemos frecuentemente depende de la interpretación o destreza del receptor, la palabra prosigue su viaje. Unas veces acaricia los sentidos y otras veces los hieres. También puede ser esperada con enorme ansiedad o deseo por el receptor.
¿Alguién se ha parado a pensar que pasaría si no existiera la palabra? Pensémoslo por un momento,.. quizás entonces podríamos aproximarnos a conocer su auténtico valor. Para alguién como yo que disfruta con la palabra se me hace muy díficil pensar en un mundo en que no tuviera cabida. Por eso, tal vez, cada día que pasa me llevo mejor con la palabra. Hasta el punto que nuestra relación parece incluso que se va consolidando, poco a poco, sin tener muy claro donde me llevará este apasionante idilio. Así que yo, por si acaso, me límito a disfrutar del viaje con ella de la mano.
Saber manejar el arte de la palabra nos puede ayudar a mejorar nuestra relación con los demás y también nuestra propia autoestima. Nos permite crecer y mejorar como persona, al tiempo que fomenta nuestra sed de conocimiento. La palabra es bella, en su faceta de vaso comunicante. ¿Cuantos discursos politicos o de cualquier otro tipo se han podido pronunciar? ¿Cuantas declaraciones de amor, desde que el mundo es mundo, se han dedicado amantes de todas las nacionalidades y las lenguas existentes? Y no importa el idioma o el dialecto en que se pronuncien, porque todas ellas son hermosas desde el momento en el que permiten abrir las ventanas de nuestras emociones más íntimas. Ellas, las palabras, suelen ser el último eslabón de nuestros estados de ánimo y le ponen la rúbrica definitiva a nuestros pensamientos e intenciones.
Por todo ello y por muchas otras palabras que me callo, como no podía ser de otro modo, creo muy justo hacerle cada día un homenaje a la palabra. Y quizás el mejor homenaje que se me ocurre es el de hacer uso de ella. Incluso cuando callamos y optamos por manejar el mágico mundo de los silencios, seguro que la palabra tendrá su premio,... sordo en este caso pero premio al fín y al cabo. Larga vida a la palabra.